Recuerdo perfectamente cuando me presenté al MIR.
Estaba haciendo la mili en Bétera (Valencia), estudiando como podía, compartiendo mesa, apuntes y silencios con un compañero y su novia. No existían las academias tal y como las conocemos ahora. Cada uno estudiaba a su ritmo, subrayando el Harrison una y otra vez, hasta casi aprendértelo de memoria.
La primera vez no me dio la nota para cirugía. Me volví a presentar al año siguiente y, con un número por debajo del 100, pude elegir lo que quería: Cirugía en el 12 de Octubre.
Entonces había unas 1.000 plazas para más de 30.000 médicos. Hoy hay alrededor de 9.000 plazas, un récord histórico. Y, sin embargo, la sensación es muy distinta.
Porque más allá de los números, había algo que todos compartíamos: confianza en el sistema.
Las convocatorias salían en tiempo y forma. Las listas eran claras. El proceso era duro, sí, pero transparente. Para quienes llevamos muchos años en la sanidad, el MIR siempre ha sido —con sus defectos— el sistema más justo para acceder a una plaza pública.
Este año, en cambio, todo es incertidumbre.
Listas que salen tarde. Aspirantes que no saben si están admitidos. Cambios de horario sin una explicación clara —¿qué ventaja tiene empezar a las dos de la tarde?—. Y la sensación de que nadie da explicaciones mientras miles de personas llevan un año entero con la vida en pausa.
A esto se suma la aparición de las primeras plazas de Medicina de Urgencias, una reivindicación histórica. Necesaria, sí. Pero cabe preguntarse si alguien ha pensado en el impacto real: si ya faltan médicos en Atención Primaria, ¿cuántos menos habrá ahora?
El resultado es un MIR extraño. Raro.
Un proceso que, visto desde fuera, empieza faltando al respeto a quienes se han dejado un año —o más— estudiando. Sin tiempos claros, sin comunicación cuidada, con cambios improvisados y la sensación de que lo importante no es el opositor, sino que “salga como sea”.
Habrá notas. Habrá impugnaciones. Habrá explicaciones… tarde.
Pero el daño ya está hecho.
Porque cuando un sistema deja de transmitir seriedad, empieza a perder algo mucho más grave: credibilidad.
Y un MIR sin credibilidad es, sencillamente, otro tren que empieza a descarrilar.