Estos días he aprendido a recoger del campo la achicoria. Crece humilde, al borde de los caminos, como si no quisiera llamar la atención. Y, sin embargo, es un pequeño prodigio de la farmacopea natural.
Nuestros abuelos la conocían bien. No la estudiaron en manuales, pero sabían usarla. El “revuelto de amargones” acompañaba la matanza para que el cerdo no sentara mal. Y la achicoria en taza —el llamado “café de pobres”— ayudaba a que el cuerpo funcionara como un reloj.
Lo que parecía subsistencia era, en realidad, fisiología intuitiva.
La hoja: aliada del hígado
Las hojas, intensamente amargas, son ricas en lactonas sesquiterpénicas. Actúan como un interruptor biológico que estimula la producción de bilis y facilita la digestión de grasas saturadas. Por eso el revuelto preparaba al hígado para procesar la abundancia de la matanza. No era casualidad, era conocimiento transmitido.
La raíz: aliada del intestino
La raíz contiene inulina, un prebiótico de alta calidad. No se digiere en el estómago; llega intacta al colon y se convierte en alimento para nuestra microbiota. Mejora la absorción de minerales, favorece el equilibrio intestinal y fortalece el sistema inmunitario. Aquella infusión oscura mantenía la flora sana y los riñones activos mucho antes de que habláramos de probióticos.
Durante décadas, la achicoria cargó con el estigma de la necesidad. Fue el sustituto del café cuando no había otra cosa. Hoy la ciencia la rescata:
- 0 % cafeína, ideal para cuidar el sueño y regular el cortisol.
- Alta capacidad antioxidante, gracias a sus ácidos fenólicos.
- Kilómetro cero, resistente, sin fertilizantes ni grandes consumos de agua.
La achicoria nos recuerda algo importante: muchas veces la medicina más sensata crece en las cunetas. Y quizá, antes de buscar soluciones complejas, convenga volver la mirada al campo y escuchar lo que ya sabían nuestros mayores.
