El otro día atendí un caso de esos que, aunque te quede poco camino por recorrer en esta profesión, te reafirman los valores y te obligan a mirar de frente la realidad de la vida.
Me cuenta la residente: “Paciente de 50 años, neumoperitoneo en el TAC, antecedentes de laparotomía previa por lo mismo. Analítica razonable”. Con el chip de cirujano activado, bajamos a Urgencias convencidos de que íbamos a quirófano.
Pero al entrar en el box, la imagen fue desoladora. No vimos un abdomen quirúrgico; vimos a una persona. Un hombre de 50 años con una encefalopatía anóxica desde la infancia, encogido, con las manos dobladas por la espasticidad de décadas… una vida de fragilidad extrema.
Lo que nos marcó no fue el TAC, fue su hermana. Con los ojos llenos de verdad, casi nos imploró que no hiciéramos nada. Al preguntarle por la tutora legal, nos habló de su madre: una mujer de 82 años que ha cuidado de ese hijo cada minuto de su vida.
Y entonces soltó la frase que nos dejó sin palabras:
“El mayor deseo de mi madre, su único sueño, es que su hijo se muera antes que ella”.
No era una frase de desamor. Era la frase de una madre que sabe que, cuando ella falte, nadie podrá cuidar de él como ella lo hace. Era un grito de misericordia.
En ese momento, el neumoperitoneo pasó a un segundo plano. Operar a ese paciente no era salvarlo; era prolongar una agonía, era castigar un cuerpo que ya no podía más y, sobre todo, era condenar a esa madre a seguir viviendo con el pánico de morir y dejar a su hijo solo.
Nos fuimos de allí con la idea clara. No íbamos a intervenir. Adecuar el esfuerzo terapéutico en ese caso fue el mayor acto quirúrgico que pudimos hacer: evitar un sufrimiento inútil.