Ayer no estaba de guardia.
Pude sentarme a ver el partido con calma. Mientras muchos hablaban del resultado, de las jugadas o del gol, yo no podía dejar de fijarme en otra cosa: la importancia de quien dirige un equipo.
En medicina, como en el fútbol, solemos reconocer a quien ejecuta.
Al delantero que marca.
Al cirujano que opera.
Pero con los años he aprendido que los grandes resultados casi nunca dependen de una sola persona. Detrás de ellos suele haber alguien capaz de unir talento, generar confianza y hacer que cada uno dé lo mejor de sí mismo.
Eso es lo que creo que transmite Luis de la Fuente.
No parece un entrenador que lidere desde el protagonismo. Lidera desde la serenidad, la cercanía y la coherencia. Da la sensación de que sus jugadores no saltan al campo con miedo a equivocarse, sino convencidos de que forman parte de un proyecto en el que todos son importantes.
Después de más de treinta años dirigiendo equipos , cada vez estoy más convencido de que el liderazgo no consiste en que todos dependan de ti.
Consiste en crear un ambiente en el que cada profesional pueda dar lo mejor de sí mismo.
Un buen jefe no necesita demostrar cada día que es el mejor. Necesita conseguir que su equipo trabaje unido, crezca y sea capaz de rendir incluso cuando él no está en primera línea.
Quizá por eso me gusta tanto observar a personas como Luis de la Fuente.
Porque me recuerdan que el verdadero liderazgo no hace ruido.
Inspira confianza. Y cuando un líder transmite confianza, el equipo deja de preocuparse por no fallar y empieza, simplemente, a hacer bien su trabajo.
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