Ayer me hicieron un cateterismo.
Después de más de treinta años trabajando en un hospital, durante unas horas me tocó estar al otro lado. Dejé de ser médico y fui paciente.
Y desde una cama el hospital se ve diferente.
Durante el cateterismo miraba la pantalla. Vi mi propia coronaria, el material avanzando y el balón dilatándose dentro de ella.
Conozco la técnica y sus complicaciones. Quizá precisamente por eso pensé:
«¿Y si se rompe?»
Cuando eres tú quien está tumbado, los porcentajes dejan de ser números.
Después descubrí algo mucho más sencillo: cuánto agradeces que alguien entre en la habitación, te mire y te sonría. Que no se limite a tomar la tensión, poner una medicación o comprobar una vía. Que durante unos segundos vea a la persona y no solo al paciente.
Y llegó la noche.
Tensión. Temperatura. Medicación. Otra comprobación. Otra puerta. Otra luz.
Pensé: «¿Cómo va a descansar un enfermo aquí?»
Cada actuación tendrá seguramente su justificación, pero desde la cama descubres circuitos hospitalarios que como médico has considerado normales durante años y que como paciente no siempre entiendes.
Entonces recordé dos películas: El doctor, con William Hurt, y Patch Adams, con Robin Williams.
Historias diferentes, pero con una enseñanza común: para comprender realmente al enfermo hay que intentar ponerse en su lugar.
Quizá todos los médicos deberíamos hacerlo alguna vez. No hace falta que nos hagan un cateterismo. Bastaría con sentarnos unos minutos en una cama y preguntarnos:
¿Entiendo lo que me dicen? ¿Tengo miedo? ¿Puedo dormir? ¿Alguien me ha mirado hoy a los ojos?
Después de más de treinta años trabajando en hospitales, unas horas al otro lado me recordaron algo elemental:
Una cosa es saber cómo tratar a un enfermo.
Y otra muy distinta saber cómo se siente.
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